Biculturalidad : ¿Adaptación o resistencia?

Seguramente reflexionar sobre la biculturalidad es una inquietud que sólo afecta a quienes por distintas razones no viven donde nacieron.   Y esto es también aplicable a  los individuos pertenecientes a ciertas comunidades que se aferran a mantener activas sus tradiciones, pues cabe resaltar que a menudo estas también provienen de otro lugar u otro tiempo.

En el caso de los inmigrantes, la biculturalidad está presente como problemática  aunque no parezca problematizarnos.  Más allá de las razones de partida del país de origen y de la indispensable necesidad de adaptarse al nuevo entorno, el emigrante no desea perder su carnet de pertenencia a la sociedad que deja atrás. Y, aunque nos sintamos expulsados por causas políticas o económicas, más allá del dolor y el posible resentimiento, nos resistimos a renunciar  a nuestro  grupo social con sus costumbre y su idioma. Nos aferramos a la “camiseta identificadora” y a un modo  de ser en el que nos reconocemos.  Los espejos se rompen con la emigración y los nuevos reflejos nos resultan extraños y esto nos pone en jaque creando una disyuntiva: adaptarnos y dejar de ser como éramos, renunciando a aspectos sutiles de nuestra identidad  que compartíamos con nuestros correligionarios o mantenernos fieles a un modo de vida que nos mantendrá por siempre marginados en el nuevo país.   Cada quien resuelve este conflicto con distintas proporciones de adaptación y resistencia al cambio.

 

En este contexto el concepto de biculturalidad nos ofrece una buena solución, especialmente en lo referente a la educación de los niños.   ¿Pero cuál es el subtexto de esta opción?  Los valores explícitos de la crianza bicultural (o multicultural) son evidentes.  Los hijos aprenden un repertorio de conducta más amplio y más rico, comprenden que el universo de lo humano incluye una gran variedad y que hay distintas maneras de ver el mundo. Si un nuevo idioma forma parte de la experiencia, no dudaremos de su importancia no sólo por ser este una herramienta  relevante en el ámbito laboral sino por el enriquecimiento intrínseco que aporta al desarrollo intelectual.  Estos valores tienen a su vez expresión en la aceptación de las diferencias y la capacidad de resolver conflictos.   En cierto sentido la biculturalidad es un entrenamiento permanente para la resolución de conflictos.   Sin ir más lejos,  a modo de ejemplo, si le hacemos una pregunta a un niño bilingüe este tendrá que resolver en qué idioma contestar.  En una oportunidad una persona llamó por teléfono a mi casa pidiendo hablar conmigo.  Mi hija de nueve años atendió el teléfono y como la escuché hablar en inglés,  asumí que su interlocutor  seria norteamericano.  Fue grande mi sorpresa cuando descubrí que no lo era.  Cuando le pregunté si no se había dado cuenta que la persona hablaba en castellano, me respondió:  “ Claro que me di cuenta, pero hizo tanto esfuerzo para hacerlo en inglés que lo menos que podía hacer era contestarle en el mismo idioma”.   En este ejemplo podemos ver lo enunciado anteriormente: lectura inteligente de una situación diferente, disyuntiva/conflicto, resolución creativa y empática.  Además la respuesta da cuenta de la comprensión de un  mundo amplio en el que las personas hablan idiomas diferentes y que la comunicación requiere un esfuerzo.

 

Pero, también las motivaciones pueden presentar conflicto.  ¿Abrimos ventanas a la nueva cultura o las cerramos?  Lo primero expande horizonte, pero también una apertura por donde los hijos se pueden escurrir y transformarse en personas con idiosincrasia muy diferente a la nuestra, temor mucho mayor si no apreciamos verdaderamente la cultura del país que nos hospeda.  La opción de cierre se manifiesta en familias y comunidades cerradas, automarginadas, en las que se intenta reproducir el escenario del país que dejamos atrás.

Los conflictos de los padres, se transmiten a los hijos y ellos también necesitaran encontrar una solución.  Aquí vale la pena hacer la salvedad que los conflictos y las motivaciones no son siempre conscientes, pero ejercen su influencia de todos modos y a veces con mayor virulencia cuando no media la reflexión.

Así es como los padres se sorprenden y padecen cuando los hijos quieren volver al país que ellos abandonaron, independientemente de haber o no vivido allí.  Es posible que aun a pesar de “abrir la puerta”, hayamos aun sin proponérnoslo inoculado  la nostalgia.  En esos casos ellos habrán realizado nuestro deseo incumplido de volver.

 

Nuestras expectativas como padres constituyen parámetros que marcan caminos para nuestros hijos pero también ellos están determinados por nuestros deseos, nuestras angustias y nuestras alegrías.

Vale la pena reflexionar sobre estos aspectos para encontrar un balance armónico y saludable.  La biculturalidad es sin duda un beneficio, pero puede también ser una forma de hacernos trampa.

A mi modo de ver, el valor de la biculturalidad alcanza su máximo potencial cuando es el producto de una buena resolución, ejercida de manera armónica e integradora.  No como mecanismo defensa frente a lo diferente, sino como verdadera oportunidad de cambio creativo al servicio de un mundo pluralista y del respeto de los derechos humanos.

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