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La aventura de emigrar en familia. Por Soledad Khamsi-Rubio

¿Cómo adaptarse a un nuevo entorno? Una mirada sobre el proceso migratorio y la construcción del espacio de amparo.

Emigrar, en especial si se emigra para salvar la vida, rompe el sentido de pertenencia y la concepción del mundo, produciendo cambios profundos en la dinámica familiar. Quien emigra vive en un estado de alerta permanente mientras logra darle nuevamente sentido a su vida. La emigración es un proceso complejo y cada individuo lo transita de manera distinta.

En su nuevo libro, De aquí para allá. Cuentos para inmigrantes, la psicóloga y escritora Claudia Yelin nos brinda una visión de la aventura emigratoria desde la perspectiva del niño y nos hace reflexionar sobre el significado de emigrar, echar de menos, las dificultades al aprender un nuevo idioma y el desconcierto que produce en el niño darse cuenta que los padres también deben enfrentar obstáculos y desafíos para adaptarse a la vida en un nuevo país.

En un sentido amplio, ¿qué significa emigrar?

Digamos que en un sentido estricto siguiendo la definición del diccionario de la Real Academia Española emigrar significa “Dejar o abandonar su propio país con ánimo de establecerse en otro extranjero”. Pero si bien esta definición nos cae como anillo al dedo, no da cuenta ni de las motivaciones que inician este movimiento, ni de los procesos internos que tienen lugar, ni del impacto que este traslado ejerce sobre el individuo y su familia inmediata, la comunidad que lo rodea antes de la partida y subsecuentemente del entorno receptor. Abrir las puertas de la emigración presupone transitar la vida, al menos por un tiempo, en un estado de alerta permanente con el propósito de garantizar la sobrevivencia. Es que uno, literalmente, pierde el suelo y con el suelo el equilibrio conocido. Y esto es cierto aún cuando uno emigra para salvar la vida. En el mejor de los casos, cuando todo va bien, uno queda, “con los pies bien plantados en el aire”, ya que también es posible quedar “mal plantado en el aire”. Es decir, la emigración impone siempre un desgarro en la trama de la historia del sujeto y en el sentimiento de su continuidad existencial. En mi trabajo, así como en mis escritos, yo me he avocado a reflexionar sobre la emigración desde el punto de vista psicológico, teniendo como centro el sujeto en tránsito, el impacto sobre su identidad y en los vínculos familiares.

¿Cuándo comienza el proceso emigratorio?

Creo que esta pregunta es de importancia esencial, porque a menudo realizamos un corte lógico pero arbitrario; un día comenzamos a pensar, recibimos una invitación, se nos cierran las puertas en nuestros países de origen, nos sentimos o estamos en peligro y necesitamos asegurar nuestra supervivencia. Lo cierto es que, cuando el movimiento se inicia, uno podría decir que el vaso ya está lleno con lo que constituirá la prehistoria de la emigración. La realidad es que cuando nos vamos, ya nos estábamos yendo sin saberlo, sin siquiera haberlo pensado.Abrir las puertas de la emigración presupone transitar la vida, al menos por un tiempo, en un estado de alerta permanente con el propósito de garantizar la sobrevivencia.

También, de modo menos explicito, faltar, es decir, por un lado, no estar donde se estaba, donde uno era encontrado. Por otro lado, la falta de lo que uno encontraba en uno y en el entorno tras la partida se torna en ausencia. Es decir, el emigrante comenzó su viaje sin saberlo y andará errante hasta lograr establecerse y convertirse entonces en un inmigrante. Esto último implica, entre otras cosas, legalizar con documentación permanente el derecho de decidir residir en el nuevo país, adaptarse a la nueva forma de vida, encontrar los medios para sostenerse tanto desde lo económico como desde lo afectivo. Sentir que uno ya no erra, que es capaz de aceptar la nueva realidad con sus pérdidas y ganancias, asumir que está para quedarse, aunque, en cierto modo, uno nunca logra erradicar completamente el sentimiento de que “uno es de otro lugar”. Acaso ¿no nos preguntan todo el tiempo de dónde somos?Y lo que no habíamos logrado pensar conscientemente aun, juega a menudo un rol esencial en la adaptación o en la no adaptación al nuevo entorno. A la partida del lugar de origen le sigue una etapa que denomino “errante”. Errar tiene múltiples significados: vagar, equivocarse, no acertar, faltar. O sea que, errar alude al movimiento, al desplazamiento de un lugar a otro y al riesgo de equivocarse en la elección.

De aquí para allá

Tú trabajas mucho con la idea del Espacio de Amparo. Cuéntanos al respecto

Es cierto, la idea de espacio de amparo es central en mis reflexiones sobra la emigración. Este concepto no es uno que yo haya inventado, sino que tomo de autores como Winnicott y Bollas; lo particular en mi caso es la forma en que yo lo aplico a esta temática.

A menudo, al comienzo de la primavera observo como los pájaros se acercan a las casitas que colgamos en el jardín para invitarlos a anidar. “Tenemos un posible inquilino” pienso cuando veo a un pájaro entrar o salir de las mismas. Claramente, los pájaros exploran y eligen y una vez que deciden, comienzan a armar su nido en el interior. Entonces los observo ir y venir con distintos materiales que encuentran a su alrededor. También nosotros, los humanos, armamos nuestros nidos dentro de nuestras casas/país y los armamos con una estética que es idiosincrática, pero que además se corresponde con nuestra proveniencia. Construimos con lo que encontramos alrededor, y lo que encontramos alrededor cambia con los traslados.

Hay una simetría entre mundo interno y externo que se rompe y que necesita volver a recrearse para volver a encontrar un equilibrio armónico e indispensable. Nuestros “nidos” son más complejos y la estructura de sostén tiene muchos aspectos sutiles e invisibles que van más allá de lo material. No se trata solamente de objetos tangibles, como el equipamiento de una vivienda, sino de aspectos abstractos, conceptuales y estéticos que son esenciales para una vida con sentido.

Algunos de estos elementos podrán ser recreados, otros deberán ser descubiertos y nos veremos urgidos a inventar muchos más. Este proceso lleva mucho tiempo, pero cuando se logra, uno siente que ha llegado, que está “en casa”, que ha dejado de errar. Es importante tener en cuenta que aquí estamos hablando de un proceso dialéctico, porque en el trabajo de creación de nuestro espacio de amparo, también vamos construyendo y recreando nuestra identidad y viceversa.

Las migraciones suelen conmover la creencia que tienen los niños acerca de que sus padres saben todo. ¿Cuál es tu experiencia al respecto?

Podríamos decir que la emigración rompe con las certezas que se desprenden de nuestra pertenencia. Lo que hasta entonces parecía absoluto, pasa a ser relativo. Este movimiento, de lo absoluto a lo relativo, tiene características sísmicas, se producen rajaduras en la concepción del mundo que son muy desestabilizadoras, porque introducen una diferencia insoslayable con el mundo del que uno se desprendió.

 

Este proceso lleva mucho tiempo, pero cuando se logra, uno siente que ha llegado, que está “en casa”, que ha dejado de errar.La emigración en familia siempre produce un profundo sacudón en su dinámica interna. No todos los miembros de la familia comparten las mismas motivaciones, ni se adaptan al mismo tiempo, ni coinciden con los objetivos a largo plazo. Los padres eligen con mayor o menor concordancia entre ellos, pero los hijos, padecen el impacto sin haber sido parte de la decisión.

Es importante señalar que las dinámicas y los procesos de adaptación son muy diferentes según la edad de los hijos. Todos nos cuestionan: si hablan, desde su discurso y, si aun no lo hacen, desde nuestras propias dudas respecto del efecto que sobre ellos tendrá el cambio. Sin embargo, si son pequeños, no desafiarán la decisión porque, aunque interrogan y buscan respuestas, está por sobreentendido que son los padres los que determinan el entorno. Si son adolescentes, esta problemática se monta sobre las típicas dificultades de las relaciones entre padres e hijos en este momento evolutivo tornando la situación más compleja, y el escenario de la emigración se levanta, a menudo, como campo de batalla.

Para ambos grupos etarios, el desconcierto y la mayor o menor incompetencia de los padres mientras aprenden la nueva vida, despiertan sentimientos de enojo e inseguridad. Por esta razón, es muy importante que los padres puedan tener una actitud abierta y sincera que no disimule las dificultades y las vulnerabilidades y que favorezcan un espacio de diálogo esclarecedor, donde el mensaje central sea: “es cierto que no sabemos todo lo que hay que saber pero ya aprenderemos y en eso estamos”. Este constituye, además, un buen modelo para la vida.…La emigración rompe con las certezas que se desprenden de nuestra pertenencia. Lo que hasta entonces parecía absoluto, pasa a ser relativo.

Esta es precisamente la temática de mi libro para niños titulado: De aquí para allá. Cuentos para inmigrantes, que relata la historia de una familia que emigra a los Estados Unidos. El niño, que es el personaje sobre quien se articula la historia, va tratando de comprender de qué se trata este movimiento y observa a sus padres y registra el cambio en su modo de operar sobre la realidad. Los padres a su vez, intentan explicar y contener al niño y en ningún momento desmienten su percepción, pero tampoco sucumben a las vulnerabilidades que el hijo percibe, sino que incentivan el aprendizaje y la búsqueda de soluciones a las dificultades con los que se encuentran.

¿Cuáles son los obstáculos más comunes que presenta construir un nuevo lugar en el mundo?

Es casi imposible dar una respuesta cabal y objetiva a esta pregunta. Algunos de los obstáculos son muy obvios, como el aprendizaje de un nuevo idioma, encontrar un lugar para vivir, aprender a movilizarse, insertarse laboralmente, encontrar nuevos amigos, entender el funcionamiento de la escuela y hasta del supermercado. Otros son muy sutiles y sobre ellos trato de dar cuenta en mi libro Emigrar. En busca de un espacio de amparo, como por ejemplo las diferencias en el sentimiento del tiempo, en cómo somos percibidos por el entorno y el efecto que esta percepción puede ejercer sobre nuestra imagen corporal, las sutilizas del idioma no verbal, la inseguridad respecto de las normas y costumbres locales, y de todo eso que no se explica porque se da por sentado. En fin, la lista es larga. Y por cierto, además existen las limitaciones personales determinados por nuestra personalidad y propia historia.

Como dice el poema de Machado “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Por cierto el sentimiento de logro y crecimiento personal es conmensurable con la envergadura de los obstáculos superados. Aquí cabe hacer una observación: lo que he visto trabajando con emigrantes es que tienden a normalizar y de este modo negar el esfuerzo extraordinario que conlleva instalarse y adaptarse a la vida en otro país. …Lo que he visto trabajando con emigrantes es que tienden a normalizar y de este modo negar el esfuerzo extraordinario que conlleva instalarse y adaptarse a la vida en otro país.Esto parecería ser un mecanismo de defensa de doble filo, porque pensar los obstáculos como pequeños, los hace más tolerables y posibles de abarcar, pero este abordaje, al mismo tiempo, desacredita el esfuerzo, aumenta el estrés y disminuye el sentimiento de logro. Por ejemplo, si minimizo el esfuerzo necesario para correr una maratón, llegar al final de la carrera me aportará también mínima recompensa y mi cansancio será una muestra de mi debilidad. Como decía antes, no todas las barreras que enfrentamos son obvias. Adaptarse a vivir en otro país en una propuesta titánica y no deben subestimarse los resultados. De hecho, no todas las personas logran adaptarse y vivir una vida plena que trascienda la mera sobrevivencia, que tampoco es poca cosa.

¿Cómo esas dificultades se transforman en desafíos?

Esta pregunta la contestaría brevemente parafraseando un verso del poema El aromo de A.Yupanki “En vez de morirse triste, hacer flores de sus penas”. Para ello, es imprescindible y saludable darse cuenta de la envergadura del proyecto en el que, como emigrantes, nos hemos embarcado.

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Biculturalidad : ¿Adaptación o resistencia?

Seguramente reflexionar sobre la biculturalidad es una inquietud que sólo afecta a quienes por distintas razones no viven donde nacieron.   Y esto es también aplicable a  los individuos pertenecientes a ciertas comunidades que se aferran a mantener activas sus tradiciones, pues cabe resaltar que a menudo estas también provienen de otro lugar u otro tiempo.

En el caso de los inmigrantes, la biculturalidad está presente como problemática  aunque no parezca problematizarnos.  Más allá de las razones de partida del país de origen y de la indispensable necesidad de adaptarse al nuevo entorno, el emigrante no desea perder su carnet de pertenencia a la sociedad que deja atrás. Y, aunque nos sintamos expulsados por causas políticas o económicas, más allá del dolor y el posible resentimiento, nos resistimos a renunciar  a nuestro  grupo social con sus costumbre y su idioma. Nos aferramos a la “camiseta identificadora” y a un modo  de ser en el que nos reconocemos.  Los espejos se rompen con la emigración y los nuevos reflejos nos resultan extraños y esto nos pone en jaque creando una disyuntiva: adaptarnos y dejar de ser como éramos, renunciando a aspectos sutiles de nuestra identidad  que compartíamos con nuestros correligionarios o mantenernos fieles a un modo de vida que nos mantendrá por siempre marginados en el nuevo país.   Cada quien resuelve este conflicto con distintas proporciones de adaptación y resistencia al cambio.

 

En este contexto el concepto de biculturalidad nos ofrece una buena solución, especialmente en lo referente a la educación de los niños.   ¿Pero cuál es el subtexto de esta opción?  Los valores explícitos de la crianza bicultural (o multicultural) son evidentes.  Los hijos aprenden un repertorio de conducta más amplio y más rico, comprenden que el universo de lo humano incluye una gran variedad y que hay distintas maneras de ver el mundo. Si un nuevo idioma forma parte de la experiencia, no dudaremos de su importancia no sólo por ser este una herramienta  relevante en el ámbito laboral sino por el enriquecimiento intrínseco que aporta al desarrollo intelectual.  Estos valores tienen a su vez expresión en la aceptación de las diferencias y la capacidad de resolver conflictos.   En cierto sentido la biculturalidad es un entrenamiento permanente para la resolución de conflictos.   Sin ir más lejos,  a modo de ejemplo, si le hacemos una pregunta a un niño bilingüe este tendrá que resolver en qué idioma contestar.  En una oportunidad una persona llamó por teléfono a mi casa pidiendo hablar conmigo.  Mi hija de nueve años atendió el teléfono y como la escuché hablar en inglés,  asumí que su interlocutor  seria norteamericano.  Fue grande mi sorpresa cuando descubrí que no lo era.  Cuando le pregunté si no se había dado cuenta que la persona hablaba en castellano, me respondió:  “ Claro que me di cuenta, pero hizo tanto esfuerzo para hacerlo en inglés que lo menos que podía hacer era contestarle en el mismo idioma”.   En este ejemplo podemos ver lo enunciado anteriormente: lectura inteligente de una situación diferente, disyuntiva/conflicto, resolución creativa y empática.  Además la respuesta da cuenta de la comprensión de un  mundo amplio en el que las personas hablan idiomas diferentes y que la comunicación requiere un esfuerzo.

 

Pero, también las motivaciones pueden presentar conflicto.  ¿Abrimos ventanas a la nueva cultura o las cerramos?  Lo primero expande horizonte, pero también una apertura por donde los hijos se pueden escurrir y transformarse en personas con idiosincrasia muy diferente a la nuestra, temor mucho mayor si no apreciamos verdaderamente la cultura del país que nos hospeda.  La opción de cierre se manifiesta en familias y comunidades cerradas, automarginadas, en las que se intenta reproducir el escenario del país que dejamos atrás.

Los conflictos de los padres, se transmiten a los hijos y ellos también necesitaran encontrar una solución.  Aquí vale la pena hacer la salvedad que los conflictos y las motivaciones no son siempre conscientes, pero ejercen su influencia de todos modos y a veces con mayor virulencia cuando no media la reflexión.

Así es como los padres se sorprenden y padecen cuando los hijos quieren volver al país que ellos abandonaron, independientemente de haber o no vivido allí.  Es posible que aun a pesar de “abrir la puerta”, hayamos aun sin proponérnoslo inoculado  la nostalgia.  En esos casos ellos habrán realizado nuestro deseo incumplido de volver.

 

Nuestras expectativas como padres constituyen parámetros que marcan caminos para nuestros hijos pero también ellos están determinados por nuestros deseos, nuestras angustias y nuestras alegrías.

Vale la pena reflexionar sobre estos aspectos para encontrar un balance armónico y saludable.  La biculturalidad es sin duda un beneficio, pero puede también ser una forma de hacernos trampa.

A mi modo de ver, el valor de la biculturalidad alcanza su máximo potencial cuando es el producto de una buena resolución, ejercida de manera armónica e integradora.  No como mecanismo defensa frente a lo diferente, sino como verdadera oportunidad de cambio creativo al servicio de un mundo pluralista y del respeto de los derechos humanos.

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Introduccion del libro: Emigrar. En busca de un espacio de amapro

 

 Reconstrucción de un espacio de amparo
“El lugar del desamparo es el lugar donde no hay lugar.” René Kaës

 

 

Preparar el equipaje antes de partir para siempre, un ejercicio necesario, es, sin embargo, más un ritual de viaje que un abastecimiento para lo que nos espera. Las reglas de las compañías aéreas no discriminan entre una salida turística y una emigración, de modo que nos enfrentamos con la imposible tarea de guardar toda la vida en dos maletas, un bolso de mano y una cartera.

Esa limitación, esa prueba de realidad, señala irrevocablemente que es imposible empaquetar el mundo que hemos vivenciado, el entorno que nos ha contenido y las relaciones que lo han hecho humano, para trasladarlos a otro lugar. Hacer las valijas implica establecer prioridades y comenzar a desprenderse de cosas que hasta ese momento considerábamos esenciales. Renunciamos, lloramos, adjudicamos pertenencias valoradas a nuestros seres queridos y, condicionados por la resistencia de los cierres, seleccionamos lo imprescindible. Nos aferramos a nuestras pertenencias envalijadas, como los niños pequeños a su osito favorito, ese que les permite dormir en paz.

Y en el fondo, más allá de la edad, al iniciar la marcha, no somos más que niños abrazados a unos pocos objetos.

El futuro es una página en blanco, sin márgenes ni referentes, razón por la cual el proceso se dificulta más aún cuando nuestros hijos nos acompañan en la travesía.

En mi práctica profesional he visto emigrantes que han puesto tanto empeño en la asimilación de lo desconocido a lo conocido, que jamás dieron cabida a lo nuevo y siguieron operando como si nada hubiera pasado. Hasta tal punto, que incluso se negaron a aprender el nuevo idioma. Pero también he visto otros que se han adaptado tan a ultranza, que renunciaron a amalgamar la experiencia de vida vivida y, en el esfuerzo, han perdido identidad, bordeando la anomia.

Ambos extremos se nutren de la negación de la pérdida, en un intento desesperado de anular el dolor por todo eso que no podemos llevar con nosotros. Aun en el caso de contar con un número ilimitado de containers, no es posible mudar lo que necesitamos para vivir una vida que nos refleje en simetría con nuestro ser más auténtico y privado. Ese espejo, esa red que nos sostenía, ha sufrido rajaduras irreparables y nuestro sentimiento de “seguir siendo quienes éramos” se pierde en el torrente hemorrágico de fibras rotas. Pero darse cuenta de lo que se perdió no es tarea fácil, porque los hilos que componen la trama son muy sutiles, lo que hace difícil discernir qué hay que recuperar, reemplazar o reparar, mientras el desasosiego nubla la inteligencia emocional y operativa. Por eso, para detener la hemorragia existencial, es imprescindible lograr un diagnóstico de las rupturas, así como elaborar una estrategia reparadora.

Este libro da cuenta de mi propio recorrido y del mapa de rupturas en mi propia trama. A pesar de haber experimentado mi partida de Argentina como un verdadero desgarro, fui descubriendo subsecuentes fisuras a medida que iba padeciendo y procesando su impacto. No pude prevenir, porque no sabía qué anticipar, de modo que aprendí a zurcir mi propia tela, pero también a bordar nuevos diseños. Y, no menos importante, a vivir con agujeros que era mejor cultivar vacíos que intentar emparchar con sin-sentidos.

La reflexión sobre mi experiencia me ha permitido ir descubriendo la esencia de aquellas fibras invisibles que sostienen nuestro espacio de amparo y contienen nuestra continuidad existencial. Esos detalles escapan totalmente a la percepción y sólo se hacen visibles en ausencia, pero es necesario aprender a verlos, para poder así rescatar el sentido de nuestra vida y proyectarlo al futuro. La imagen que los otros tienen de uno, desde la apariencia hasta los gestos, el sentimiento del tiempo y la distancia, los gustos, la modulación de los vínculos, la relación con las palabras en un nuevo idioma, el lenguaje no-verbal, constituyen algunos de los elementos que hacen a la organización y la estética del espacio de amparo. Reflexionar sobre estos elementos ha sido de importancia crucial para mí, no sólo para adaptarme a otro lugar, sino para recrear una estética de la vida que vale la pena de ser vivida.

Mis descubrimientos no me han ahorrado sufrimientos, pero me han brindado herramientas sólidas, para seguir observando y para ayudar en su recorrido a otros migrantes, nuevos y viejos. Mi esperanza es que mi trayectoria pueda acompañar a quienes se encuentren en algún punto del camino entre la partida y la llegada; que mis pensamientos sentidos sean una fuente de inspiración para que cada quien reflexione sobre su propia trama, porque para recrear un nuevo espacio de amparo es indispensable ser capaz de valorar y optimizar al máximo el equipaje básico: uno mismo.

 

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Reportaje en el Periódico El Tiempo Latino. Emigrar para buscar el amparo.

Claudia Yelín aprendió a reinventarse en Rockville, Maryland, con ayuda de la comida y de los libros

Maritza Gueler/Especial para El Tiempo Latino | 6/13/2014, 11:43 a.m.

Emigrar para buscar el amparo

AUTORA. En alguno de sus libros, Yelín, eplica la experiencia migratoria a través de los ojos y la mentalidad de los niños. | MARITZA GUELER PARA ETL

”Milanesas, papas fritas, huevos fritos: parece Buenos Aires”, dijo Claudia Yelín en el momento en que puso los platos sobre la mesa, un sábado, hace ya más de 30 años. “Parece, parece pero no parece”, fue la respuesta que lanzó con su pequeña vocecita su hija Paula, que entonces tenía 3 años, y había emigrado con sus papás desde la Argentina hasta los Estados Unidos.

Aquel experimento de tratar de hacer milanesas al estilo argentino en los Estados Unidos, en una época en la que los mercados latinos escaseaban, fue también un símbolo de lo que significa trasplantarse a otro país.

Con un hermano desaparecido durante la dictadura militar que duró desde 1976 a 1983, y sin trabajo por razones de discriminación, su marido, que es científico, decidió aceptar una oferta en el National Institutes of Health (NIH) y la familia entera se instaló a Rockville, Maryland. Allí empezaron de cero.

Yelín, psicóloga recibida en la Argentina, se encontró de pronto, acechada por la nostalgia, con dos hijas pequeñas, Carla de 5 y Paula de 2, en un país en el que no hablaba el idioma y tampoco conocía sus códigos. “Me propuse aprender inglés”, comentó. “Y recuerdo que en los primeros tiempos tenía pesadillas en las que volvía a Buenos Aires y me daba cuenta de que no había podido aprender ni una palabra”. Pero lo logró.

Finalmente decidió hacer una maestría en Asistencia Social, recuperó un espacio profesional semejante al que había tenido en Buenos Aires, y comenzó a dedicarse a la atención psicológica de niños y adultos en el área.

“Al principio, ejercer como psicóloga fue muy complicado porque había mucho prejuicio sobre el psicoanálisis”, recordó Yelín. “Trabajar con la comunidad hispana era más sencillo. De todas maneras tuve que lidiar también con las diferencias de vocabulario porque hay muchas palabras que, aún en español, tienen distintos significados en otros países”.

Hoy, además de ejercer su profesión de psicóloga, es autora de tres libros, “Emigrar. En busca de un espacio de amparo”, un ensayo autobiográfico publicado en Argentina (2003) y en España (2008); “Entre mujeres”, una novela que reflexiona sobre la mujer, el amor y los vínculos madre-hija, y “De aquí para allá”, un libro de cuentos para niños sobre la experiencia migratoria, que se publicó en español, en España, en 2013.

Este último libro cuenta la historia de Andrés, un niño que debe emigrar a los Estados Unidos con sus padres y su hermanita pequeña. La trama, se basa en las experiencias que Yelín y su familia vivieron el primer año en este país.

Cuando terminó el libro, en 2004, y antes tomar la decisión de publicarlo, se sentó a leérselo a sus hijas. Después, a su nieta de 5 años. “Los padres sufren mucho con el desarraigo de los hijos”, afirmó Yelín. “Fundamentalmente porque la crianza en soledad, sin abuelos y sin parientes, es complicada, y no se tienen los recursos necesarios. Y los hijos se dan cuenta”.

Yelín buscó diferentes caminos para poder sostenerse en una nueva red, se hizo ciudadana de este país y comenzó a formar parte del proceso político.

Y no sólo pasó por la experiencia de poder votar, sino también, de participar en la campaña de Barack Obama en 2008.

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Los niños, la experiencia emigratoria y la limonada

La experiencia emigratoria confronta al niño pequeño con el temor del olvido. Es que la emigración quiebra la continuidad existencial, las cosas que siempre fueron de una manera, dejan de serlo aun antes de subir a un avión.

Cuando naturalmente en una conversación le preguntamos al niño “te acuerdas de….”  el recorrido mental necesario para evocar el hecho a cuenta es mucho mayor cuando se cambia la geografía.  ¿Acaso no nos ocurre a los adultos que después de haber emigrado hechos que han sido muy recientes los sentimos como muy lejanos, como si hubieran acontecido en otra vida? El emigrante tiene que poder integrar pasado y presente para recuperar el sentimiento de ser Uno mismo él mismo y desarrollar un nuevo proyecto vital.

 

Un refrán estadounidense dice “si tienes limones, has limonada”  en castellano diríamos: “no hay mal que por bien no valga”, pero no siempre es así.  La primera opción, sin embargo introduce un verdadero potencial que nos induce a construir a partir de lo que tenemos, o de los que nos va ocurriendo.  Creo que para los padres, imponer a sus hijos el desgarro del desarraigo es uno de los sinsabores más grandes que confrontamos con la emigración.  Esto es particularmente ciertos para las familias latinoamericanas,  para quienes la familia extendida más que una necesidad es un verdadero valor. Separa a los niños de sus abuelos es más penoso que separarse de los propios padres, aunque tal vez un dolor se encubra con otro.  Pero si “le sacamos el jugo a los limones”  podremos propiciarnos una rica limonada, y dulce también.  Eso requerirá trabajo y tiempo.

Las cosas que dejamos atrás generan un vacio, no hay duda, pero si no nos dejamos sucumbir a la melancolía, podemos encontrar a través de él una convocatoria, un llamado a la curiosidad, la creatividad y la construcción. Yo no podría recomendarle a nadie, cuya vida no corra peligro, que se lance al exilio, pero si ya lo han hecho, si podría sugerirles que lo enfoquen como una aventura y que monten a los niños que los acompañan en la estela del camino.  También les aconsejaría que los miren, que aprendan de sus interrogantes y de su manera abierta de ver el mundo, porque para lo que a nosotros se nos presenta como diferente, y nos sumerge en el pantano de las comparaciones, para ellos es nuevo, puro presente.

A continuación, algunos párrafos de mi Libro “De aquí para alla”  ponen color a las ideas que acabo de expresar.  Cabe tener en cuenta una vez más que esta historia está basada en mi propia experiencia con mis hijas pequeñas al momento de emigrar.

…..“Andrés se quedó  pensando y pensando,  tratando de imaginar cómo sería vivir en otro país, pero no se le ocurría nada. Cuando mamá fue a apagar la luz, Andrés le preguntó si le iba a gustar vivir en otro país.  La mamá se tomó un tiempo para contestar y Andrés se dio cuenta, cosa que aumentó el suspenso.  Finalmente, mamá, eligiendo con cuidado las palabras dijo:

-Va a ser una verdadera aventura, una que viviremos los cuatro juntos, en familia.” 

Más adelante,  en el nuevo país, Andrés se enfrenta con gran sorpresa y ansiedad con su casa que esta vacía:  “Andrés no sabía cómo reaccionar….  No había mesa, ni sillas, ni ollas, ni cubiertos, ni… ¡nada!  ¡La casa estaba vacía!….

 Mamá comprendió,  como ocurría muchas veces, qué estaba pensando Andrés.  Entonces, sentándose a su lado, en el suelo, le dijo con una sonrisa:  

-Las casas, antes de estar llenas, siempre están vacías. …..

 -Ahora,  parte de nuestra aventura será convertir esta casa,  en nuestro lugar en el mundo.  Tendremos que conseguirnos mesas y sillas y camas y ollas y adornos,  pero esta vez,  tú podrás ayudarnos a elegir. 

Eso interesó a Andrés.  A él le gustaba ayudar a mamá”

 

Nota:  Abrir el dialogo y compartir experiencias es mi intención. Por eso si después de leer este texto o cualquier otro en mi blog, tienes preguntas, inquietudes, ideas, o sugerencias, me encantaría escucharlas,

 

 

 

 

 

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Presentación del libro De Aquí para allá. Cuentos para inmigrantes. Embajada Argentina en los Estados Unidos. Diciembre 12, 2013

Ahora yo intentaré darles un pantallazo, desde atrás de las bambalinas de cómo surge este libro como proyecto, como evoluciona y como sigue cambiando para mi, curiosamente, aun después de haberse plasmado.   Hacia fines del “siglo pasado” presenté en un congreso sobre el tema de la emigración un trabajo titulado “Parece parece pero no parece”. Este trabajo generó múltiples efectos, tanto en mí como en mi audiencia.  Sin duda podría decir que ese fue el momento fundante de mi lanzamiento a la escritura porque a partir de ese encuentro tan emocional entre mi audiencia y yo  descubrí, o mejor dicho reafirmé lo que en cierto modo ya sabia y es que:  tenía el potencial de captar y poner en palabras sentimientos profundos. Una habilidad ciertamente enraizada en mi entrenamiento y vocación profesional como psicóloga  y fertilizada y florecida por el efecto de mi emigración.   Después de este primer trabajo, sin saber hacia dónde me dirigía, me lancé a seguir escribiendo y así surgió mi primer libro titulado Emigrar. En busca de un espacio de amparo. Este es un ensayo autobiográfico que va hilando las sutilizas de la experiencia emigratoria y perfilando  la conceptualización de lo que denominé espacio de amparo. Una vez más el feedback fue muy positivo y yo misma quedé  cautivada por el descubrimiento de la escritura como forma de expresión.  Entonces lo más lógico, teniendo en cuenta mi experiencia como terapeuta de niños fue escribir sobre la temática emigratoria para niños, o tal vez para que los padres encuentren las palabras y con ellas el sosiego para dialogar con sus hijos pequeños de esta experiencia tan fuerte y a menudo tan desestabilizadora.  Me propuse explicar qué es emigrar, qué es echar de menos (versión española del extrañar) plantear el tema de las dificultades de adaptación y aprendizaje del nuevo idioma y algunos otros aspectos inherentes a la mirada particular del niño tales como:  la casa que se vacía, la experiencia de llegar a una casa vacía, la separación de los abuelos y fundamentalmente percepción de padres  que parecen haber perdido el dominio sobre el manejo del mundo que los rodea.   Este libro, también está basado en mi propia experiencia, o mejor dicho de mi lectura personal de la experiencia de mis hijas.   Una vez plasmadas las historias la forma de presentación de las mismas se fue modificando. Mi intención original era crear diferentes libritos para cada tema, una pequeña colección de historias contenidas en una valijita. Idea a la que no renuncio.  Quería menos textos, más ilustraciones y no sólo que la edición fuera bilingüe sino darle más protagonismo desde los dibujos a la nena más chicas que recién comienza a hablar, tal vez porque uno de mis objetivos era resaltar la importancia que mis hijas, por entonces tan chiquitas tuvieron en el desarrollo de mis pensamientos, una forma de agradecimiento,  Pero la editorial, que por fin aceptó publicar mi obra, pensó con distintos parámetros, unos que yo jamás hubiera podido tener en cuenta, y le cambió el formato, ciertamente con mi aprobación. Lo curioso fue para mí descubrir que mis historias hechas libro, se transformaron por arte de forma  en una novela para niños,  con un horizonte más amplio que expandió mi objetivo más puntual.  Una verdadera revelación! Entonces, esta novela, trata de las aventuras de una familia que se traslada a vivir en otro país y en cada capítulo se enfrenta con obstáculos y desafíos de la vida cotidiana que tienen que resolver.  Y, en el proceso de búsqueda de soluciones quedan expuestas las vulnerabilidades así como los recursos disponibles de cada uno de sus miembros . Finalmente las situaciones se resuelven en el ceno de la familia de modo tal que auspician el crecimiento y el fortalecimiento de  los vínculos.  Desde esta perspectiva, hoy me parece que el título del libro le quedó un poco chico, porque la temática trasciende el tema específico de la emigración. En otras palabras, la emigración es una de las tantas aventuras posible para la familia Capajomi.   Finalmente quisiera agregar que el pensar este texto como novela me lleva igualmente, de modo impensado,  a jerarquizar,  el lugar de mis hijas como las heroínas de esta historia.  Porque una novela tiene sus héroes.  La mayor, transformada en Andrés para el cuento, incursiona en el nuevo mundo y va empujando la trama. La menor, que por entonces apenas si hablaba, con su mirada inquisidora impulsó la exploración de la mirada del niño que observa y percibe al adulto antes de tener las palabras para pensar, captando emociones, intensidades, cambios en las conductas corporales.   Esta historia como novela, no encubre ni disimula los desconciertos que genera la experiencia emigratoria, sino que los captura desde la mirada del niño, que es el personaje central.  Los padres, sin pretender ponerme yo como modelo,  pero sí recreando una postura ideal, no desmienten sino que validan y acompañan el recorrido del niño.   Desde esta perspectiva, este libro es también un logro en familia, como lo ha sido nuestra experiencia emigratoria.                                                                                                                                       Los invito a explorar nuestro recorrido.

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Enseñanzas del Aikido para la vida

“No pienses que el poder que sustentas, es solamente aquel que usas cotidianamente. El poder que utilizas regularmente es como la pequeña parte visible de un iceberg. “

Desde esta perspectiva, no es mala idea enfrentar los desafíos de la vida como una oportunidad  para vislumbrar y desarrollar nuestro potencial. El sentimiento de triunfo será conmensurable con la dificultad.

La experiencia emigratoria constituye un desafío colosal y los logros, grandes o pequeños nos irán revelando la medida de nuestra potencia.  No es que sea necesario emigrar para descubrir una nueva medida de nosotros mismos, pero  todo aquello que acontece y nos conmueve  en nuestros lugares de origen, se suma a las exigencias que nos impone la vida en otro lugar.

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