Capítulos agregados a la primera edición de Emigrar en busca de un espacio de amparo

 

Prólogo de la edición española

Querido lector:

 

Este libro, cuya primera edición fue publicada en Argentina en mayo de 2003, cuenta mis reflexiones respecto de mi propio proceso inmigratorio emigratorio a los Estados Unidos.  Si bien mi camino marca un país especifico de partida y otro de llegada, mi propósito ha sido poner en palabras la complejidad de las experiencias y emociones que se enredan en este recorrido que implica dejar lo conocido y asentarse en un nuevo lugar. Más allá de las condiciones materiales y de confort que vamos logrando, cosa que a menudo es muy difícil, es imprescindible tejer una trama interna que pueda sostener la forma de vida que nos impone la nueva realidad. Una primera lectura podría inducir a pensar que mi experiencia poco se parece a las de personas de otras nacionalidades en distintos países, o con distinto status social o económico.  Hay emigraciones más electivas que otras, las circunstancias y los parámetros de legalidad son muy diversos; sin embargo, aquel que se va, independientemente de todas las diferencias, comparte con los otros que se han ido, una urgencia, una necesidad básica de re-construir un espacio de amparo. Sin embargo, el espacio de amparo se construye para satisfacer necesidades básicas que son comunes a las personas  y, una vez adquiridas ciertas condiciones de seguridad, seguimos en la búsqueda de aquello que pueda consolar las nostalgias.  Los objetivos son similares, aunque varíen las formas de expresarse.  Cada uno teje con su propia madeja, tratando de reparar o recrear  lo que le falta.  Me he encontrado con emigrantes que  añoraban ingredientes de la realidad con los que yo fácilmente podía comulgar: “el café de la esquina”, el gusto de las comidas y un estilo de relacionarse. Otros recuerdan con cariño y cierta melancolía, estímulos con los que he logrado simpatizar pero no resonar, como por ejemplo el cloquear de las gallinas, el rocío evaporándose en el amanecer en el campo, o el del piso de tierra en la precaria casa materna.  Es por eso que pienso que más allá del país, del idioma y de las circunstancias, lo que compartimos los que hemos emigrado no es una vida semejante, sino la ruptura de la red de sostén y los efectos que provoca.

Estas páginas  dan cuenta de mi búsqueda.  Mis triunfos y mis derrotas, mis alegrías y mis penas no intentan presentar un modelo; son como diapositivas sustituibles. Cada uno puede encontrar la suya para ilustrar alguna parte del texto. Por eso te invito, lector, a explorar mas allá de mi relato para poder  encontrar las semejanzas en las diferencias; las resonancias propias en experiencias ajenas, un ejercicio similar al trabajo que hacemos los humanos para conocer a nuestros semejantes-diferentes, nada extraño al proceso de adaptarse a la vida en otro lugar.

Para esta nueva edición, he incorporado un capítulo titulado: “Cinco años después”. Durante mucho tiempo me he cuestionado si existía un momento particular en el que el emigrante se convierte en inmigrante, si además de ir era posible llegar.  Escribiendo este último capítulo me di cuenta de “mi llegada”. Comprendí  que el proceso emigratorio, así como el de la vida,  tiene sus etapas evolutivas.  Podría decirse que cuando terminé de escribir este libro, salía de las etapas finales de mi adolescencia de emigrante, aunque ya estaba avanzada en mi adultez.  La ignorancia, el descubrimiento, la rebeldía, la lucha por ocupar un lugar son estados que se reactivan con gran virulencia al comienzo del recorrido.  Hoy podría decir que mi forma de habitar en mi país de adopción coincide de modo más simétrico con mi momento evolutivo existencial. Lo que me mueve y me conmueve ya no es el lugar, sino la vida.

Muchas gracias por la oportunidad de compartir con ustedes mis reflexiones.

Claudia

 

Cinco años después

 

Cinco años han pasado desde la primera edición de este libro y diez desde que la idea se fue plasmando en palabra escrita.  Lo menciono para poner en una perspectiva temporal un proceso que dura tanto como la vida.   Hoy, ya no me cuestiono dónde es volver, y dejé de pensar en términos de arraigo o desarraigo.  Se podría decir que “me establecí”.   Por eso, cuando la  realidad me da golpecitos en el hombro para llamarme la atención hacia el pasado, la miro con cierta distancia y hasta sorpresa, aunque se trate de mi propia historia.

Con frecuencia me han preguntado si la realización de esta obra ha tenido un efecto terapéutico en mí.  La pregunta, a pesar de su legitimidad, siempre parecía caer como una moneda en una alcancía vacía, con resonancia pero sin demasiado valor.  Yo escribía porque escribía, sin tener ningún  propósito explicito  Sabía que poner en palabras emociones y sentimientos avanza un proceso de elaboración, y había comprobado que mis palabras se pegaban a los sentimientos  no expresados  por otros “trasplantados” como yo. Cuando presentaba en público mis reflexiones sobre la temática de la emigración, comprobaba una y otra vez  que los ojos de mi audiencia se colmaban de lágrimas.  A veces, terminada la charla, se acercaban y me abrazaban.  Comprendí entonces que desde este nuevo lugar donde intentaba armar mi espacio de amparo, tenía algo para decir, algo  que se desprendía naturalmente de mi doble vertiente de  psicóloga y extranjera.  Creo que un efecto no anticipado de mi proyecto de escritura fue el de usar esas páginas como continentes de la intensidad de los  afectos que embargaban hasta entonces mi vida cotidiana.  En ese sentido este proceso fue de suma utilidad: ya no tenía que recordar y podía pensar hacia adelante. Como ocurre cuando uno hace una lista de cosas pendientes y descansa en ese ayuda-memoria, registrar mis experiencias abrió disponibilidad, liberó energías para finalmente poder “naturalizarme”.  Pero en el proceso de transformación en “natural”, se va entretejiendo una hebra de doble filo: “la neutralidad”.  Esta implica el riesgo de aplanar las diferencias y evitar las emociones que despierta, desde la exclusión hasta el prejuicio, pasando por alto la riqueza que introduce en la textura de la vida lo que no es, o lo que no se percibe, como “natural”.

 

En mi trabajo clínico, la conflictiva relacionada con la migración comenzó a ocupar un lugar de mayor privilegio a medida que fui dándome cuenta de que se trataba de un proceso en el que estaban abocados la mayoría de mis pacientes, con un costo de energías emocionales extraordinarias. Entendí  que simplificarlo era un recurso defensivo ante el inmenso sufrimiento generado por las pérdidas. Eso mismo me fue permitiendo valorar mis logros, y ayudar a mis pacientes a apoderarse de los suyos.  En el curso de las sesiones, el telón de fondo  de la vida en el “extranjero”  se fue corriendo  a un primer  plano en el que es posible observar  cómo la forma particular de vivir “la vida en otro lugar”  va revelando y recreando  la experiencia de “sí mismo”.

Sin embargo, cuando en la consulta, así como en conversaciones informales,  surge explícita o implícitamente la conflictiva “del volver o no volver”, no logro evitar un cierto malestar. Ese paradigmático dilema de tener que elegir entre opciones excluyentes, nunca deja de evocar en mí un remolino de emociones.  En lo personal, esta disyuntiva en particular ya no representa una situación de conflicto, pero no deja de reverberar como un eco existencial: perder para encontrar, sin garantías.  Por eso, cuando un paciente vuelve a despertar en mí esa tormenta de opciones excluyentes compruebo que una cicatriz no es un tejido “tan natural” después de todo.  La vehemencia que por momentos parece delatar mi movilización interna o el desasosiego que siento dispara la alarma necesaria para activar los mecanismos que permiten neutralizar mi propio dolor y no la experiencia del otro.

 

Lo que genera  mi zozobra es comprender  la naturaleza metafórica y profundamente humana que se filtra en “ese conflicto de identidad” que experimenta el inmigrante. Y, al mismo tiempo, anticipar con certeza  que aquel que se fue, en algún momento descubrirá que lo que alguna vez  fue excluyente, lo será para siempre.  Si el tiempo que pasa  se transforma en experiencia, “nunca se vuelve al mismo lugar de donde se ha salido” aunque el mapa demuestre lo contrario. Frente a la emigración, ir y volver no son caminos reversibles.  No es sólo que el punto de partida ya no es el mismo, sino que uno tampoco es el mismo que fue al partir.  Por eso es justo decir que nos jugamos en las decisiones y, por muy pensadas que sean, en el fondo apostamos a “cara o ceca” y la forma particular de ir tramitando las consecuencias es lo que realmente hace la diferencia. A menudo, ni siquiera podemos apostar; la realidad nos empuja y a veces la adversidad o la impunidad de los mecanismos represores de los gobiernos que nos expulsan; en esos casos, igual hay que lidiar con las consecuencias y volver a montarse a una vida que vale la pena de ser vivida. En otras palabras, hacer “que la pena valga”

 

En los últimos cinco años, mi  paisaje existencial ha sufrido cambios extraordinarios. Algunos han ido ocurriendo de forma progresiva a medida que fue avanzando el viento del tiempo: me mudé a mi nueva casa y logré sentirme en simetría con la estética del mundo que me rodea.  Me fui acomodando a mi nuevo lugar y a mi país de adopción y se fueron acallando las nostalgias.  La guerra en Irak y el gobierno de Bush me han mantenido consciente de que no es posible, ni deseable, acomodarse demasiado y dejar de cuestionarnos  acerca de nuestro posicionamiento en el mundo en que vivimos.

Mis hijas terminaron sus estudios, y se fueron adentrando  en la vida adulta.  Establecieron sus propios hogares, y la distancia entre nosotros sigue los mismos parámetros que organizaron nuestros intercambios mientras estaban en la universidad: cerca, geográficamente hablando y, desde el punto de vista emocional, no tan apretado como lo hubieran sugerido las costumbres de nuestro país de origen.  Entre todos tramitamos un estilo que no es igual al de aquí ni al de allá. También en este aspecto me sorprenden las diferencias, pero está bien, se siente cómodo y dinámico.

Pero, si bien estos cambios fueron paulatinos y acumulativos, otros fueron devastadores.  Murieron mis padres y sus vidas terminaron relativamente jóvenes.     Este tramo de pérdidas de seres tan queridos y fundamentales irrumpió concretando la escena siempre temida desde el momento de decidir la partida: no poder estar, no poder acompañar, y no tener la oportunidad de una última conversación.

 

Tal vez mi lector, que ha seguido mi derrotero por la vida en estas páginas, espere que le cuente cómo se vive la muerte de los padres a distancia, pero la proximidad de estos hechos y la carga emocional que acarrean no me permite hacerlo, todavía.

Mi abuela, que partió de Polonia a Buenos Aires a principios del siglo XX, lo hizo con la certeza de que nunca volvería a ver a sus padres.  Ella supo llevarlos adentro, y me consta por el lugar que mis bisabuelos ocuparon en mi vida.  Tal era su conexión con ellos, que un sueño le anticipó la muerte de su madre que en pocos días confirmaría un telegrama.  Mis padres y yo, en cambio, pudimos mantener nuestro contacto, y la tecnología fue permitiendo que nos armáramos una cierta cotidianeidad.   Compartimos visitas y vacaciones.  Las celebraciones y los acontecimientos importantes nos llamaban al encuentro.  Muchos ocurrieron, otros no. También hubo momentos de intimidad mientras ellos morían y yo padecía su inminente desaparición.   Ahora debo imaginarme cómo  habitar un mundo donde ellos ya no existen, crear un nuevo espacio de amparo que incorpore la ausencia de modo productivo. Y esto hubiera acontecido aquí, allá o en cualquier lugar.  Entonces me pregunto; ¿la vida es metáfora de la emigración, o la emigración lo es de la vida?

La ausencia de mis padres vuelve a plantearme nuevas disyuntivas en relación a la tierra que dejé.  Porque la tierra que dejé fue donde mis padres hicieron hogar, ese que fue también el mío.  Ahora, volver al mismo lugar, aunque sea de visita, es inexorablemente imposible. Sin embargo perduran los rastros, y sigue habiendo viajes y encuentros queridos.

Mientras escribo, no se me escapa el tono filosófico-existencial que colorea estas líneas.  Cuando uno ha recorrido un camino largo,  adquiere perspectiva, un punto de vista abarcador.  Desde ese nuevo mirador, el surco de la vida que avanza y se despliega y el del inmigrante que extiende raíz, se juntan en el horizonte.  Sólo después de haber transitado tan comprometidamente la experiencia del desarraigo puedo arrimarme de modo fructífero a la metáfora que la vida es para la emigración y la emigración para la vida sin sentir que corro el riesgo de trivializar la experiencia, naturalizándola. Si hay algo que un emigrante sin raíces aún no necesita oír, es que la emigración es una metáfora de la vida.  Sin embargo, saberlo desde el lugar de acompañante, amigo, terapeuta o uno mismo, alumbra el camino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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