Clara Levin presenta el libro Entre mujeres

Claudia Yelín me pidió que abordase Entre mujeres hoy aquí desde la perspectiva de una hija. Este pedido me hace sentir como una embajadora universal de la condición de hija, cosa polémica si me conocieran como me conoce mi madre, pero por sobre todo, me hace sentir sumamente honrada de que Claudia quiera compartir la bienvenida de este libro suyo conmigo. Porque esto es lo que yo voy a hacer: darle la bienvenida a este libro a mi biblioteca y, felizmente, después de esta presentación tripartita, a las bibliotecas de cada uno de ustedes.

Uno de los aspectos que primero impacta de Entre mujeres es que es un libro muy femenino en el sentido de que presenta un muestrario de figuras de mujer. Para nombrar algunas: Eva, Isabel, Lil, Grace, Amanda, Denisse, Clarisse, Michelle, Roberta, Sonia, Laura, Marie, Cher, Kim, Julie, Jessica, Julia… y me quedé sin aliento. Entre estas figuras, vemos ejemplificados los roles de abuela, de profesional, de esposa, de amante, de madre y por sobre todo, el que me compete a mí en esta presentación, de hija. Los roles de madre e hija están especialmente desarrollados en Entre mujeres, tanto a nivel del contenido –que explora la identidad de una mujer en tanto madre y en tanto hija y en relación con su madre y su o sus hijas– como a nivel de la estructura, puesto que la narración –una narración omnisciente (es decir, una narración que lo sabe y lo ve todo) se acerca al punto de vista de dos madres –Eva y Amanda– y de dos hijas –Grace y Clarisse. La narración se acerca y se demora en estos puntos de vista de manera intercalada, transmitiendo así, a nivel formal, el propósito de la autora de representar las dos campanas de la relación madre–hija.

También a nivel formal podemos apreciar otro aspecto que es la estructura a la manera de cajas chinas. En Entre mujeres, Eva le da a leer a su hija Grace el manuscrito del libro que ella escribió acerca de una mujer y (entre otras cosas) su relación con su hija. Esta estructura, aparte de sumarle complejidad intelectual al libro, transmite la sensación de que aquello que se describe acerca de la relación madre–hija, se replica en mayor o menor medida en todas las relaciones madre–hija dentro y fuera de la ficción. Por eso Entre mujeres es un libro que habla, además de sobre sus personajes, sobre todas nosotras mujeres.

Uno de los ejes centrales del libro es la comunicación –la difícil comunicación– entre madres e hijas. De hecho, en las primeras páginas se describe un rito entre Eva y su hija Grace, que llaman la “ceremonia del té” y que consiste en servir la mesa para la merienda como marco para una conversación tête-à-tête. Pero esa conversación anunciada al principio no se concreta hasta el final del libro o se va concretando de a cachitos aquí y allá a lo largo del libro porque, como esta situación lo ejemplifica, la comunicación madre–hija no es fácil. En Entre mujeres, las hijas buscamos y a la vez resistimos el diálogo con nuestras madres. Lo buscamos porque sospechamos que, dadas sus experiencias y el hecho de que nos conocen y nos quieren, tienen algo valioso para decirnos. Pero también lo resistimos, porque como dice Eva, las madres hacen comentarios “que se las traen”. Sus palabras pueden ser sutiles, incluso clarividentes, pero –acaso por ello– las hijas nos sentimos criticadas y hasta a veces insultadas. Entonces en la práctica, tal como hace Eva con su madre durante su controversial relación con su primer marido, la hija rehúye a la madre, la mantiene a distancia, para no escucharla. Y es en los momentos donde la hija toca fondo –esto lo vemos en los casos de Grace, Clarisse y Eva– que busca, o buscamos, en nuestra madre un refugio, un consuelo y una palabra que nos ayude a salir del jaque adonde nos metimos.

Entre mujeres también aborda la transmisión de experiencia de madres a hijas en un marco que vas más allá del diálogo y que es la reactualización involuntaria de experiencias. Éste también es un aspecto de la comunicación madre–hija. Para Eva, la madre central de Entre mujeres, la relación abusiva entre su hija Grace y su novio Matt es una reactulización de su pareja con su ex marido Miguel. Hacia el final del libro se dice que el tema de la relación entre Eva y Miguel era inabordable en el núcleo familiar. Tal vez no debe sorprender entonces que Grace haya entablado una relación similar. El libro pareciera estar diciendo que a veces las hijas reactualizamos experiencias de nuestras madres, posiblemente con el propósito de entenderlas un poco (a nuestras madres) o de entender nuestra herencia o incluso, me atrevo a decir, de no juzgarlas tanto. En todo caso, el libro ilustra que si de por sí es difícil aprender de la experiencia ajena –en este caso, experiencia materna–, más difícil será aprender de la experiencia materna de la que no se puede hablar.

Pero si en el libro se ve esta tendencia de la hija a repetir experiencias de la madre, también podemos apreciar un deseo o un consejo que se late en varios diálogos y que dice algo así como (en mis palabras): “¡Ojo hijas! ¡A vivir la propia vida! ¡A protagonizarla! Nada de repetir las historias de sus madres o sólo cumplir los deseos de los otros.”

Esto es algo que me encanta del libro: que plantea los problemas pero no los resuelve de maneras irreales y facilistas. Por el contrario, da cuenta del tira y afloje de la relación entre madres e hijas, e invita a la reflexión de manera abierta y creativa, jamás dogmática.

Promediando el libro, Grace, que ha leído el manuscrito de su madre Eva, genera una situación de tensión en la familia porque cree haber descubierto correspondencias entre los personajes de la ficción y los de su entorno, como si fuera un roman-à-clef. Más allá de cualquier especulación, me interesó la reflexión de Eva de que “sus personajes guardaban pedazos de personas conocidas”. –No tanto por lo que dice del cruce de la realidad y la ficción en el libro como por su aplicabilidad a la relación madre–hija. Tal como lo vimos ejemplificado arriba en la reactualización de Grace de un episodio de la vida de su madre, en toda hija hay, en mayor o menor grado, “pedazos de su madre”. Y estos pedazos de madre, que pueden ser la famosa voz de la conciencia, una manera de mirar, fantasías, miedos, expectativas, etc. que llevamos adentro y con los que, forzosamente, por todo lo dicho, habrá un tira y afloje, bueno, más vale reconocerlos y aceptarlos porque forman parte de nosotras y conforman, querámoslo o no, una estructura que llevamos adentro.

Mi tío Julio Marcelo solía decir “Madre hay una sola, y justo me vino a tocar a mí.” Suelo repetirme esa frase entre mí con alguna sorna. Pero leer el libro de Claudia me aportó perspectivas maternas sobre la relación madre–hija y también reflexiones agudas y articuladas sobre mis propios sentimientos vagos. Hoy recuerdo la frase de mi tío y en cambio pienso, “Enhorabuena me tocó a mí”.

Finalmente, quiero comentar acerca de la eficacia de la ficción en la comunicación madre–hija. Entre mujeres plantea dos veces el escenario de una mujer que está en una relación abusiva con un hombre. En el primer escenario, Eva y su madre no pueden hablarlo y se produce un distanciamiento entre ellas; en el segundo también se da la dificultad de hablarlo entre Grace y Eva, pero aparece una obra de ficción (el libro adentro del libro) que explora ese tema (entre otros) en el ambiguo terreno de la fantasía. La ficción es un medio particularmente fecundo para abordar temas intensos –piensen por ejemplo en los dramones familiares a los que refieren los cuentos de hadas–; es un canal estetizado, presuntamente impersonal y que permite pensar cuestiones en el marco remoto de “había una vez”. Este libro entonces plantea de manera central, como dije al principio, lo difícil de la comunicación en el vínculo madre–hija y no resuelve el problema apelando a soluciones mágicas. En cambio, presenta un canal de comunicación alternativo y válido, que es la ficción –la ficción adentro de la ficción y por supuesto, también, este libro, Entre mujeres. Allí donde la comunicación entre madres e hijas flaquea, este libro toma la posta y trata entre sus páginas reflexiones sobre el amor, los encuentros y los vínculos –en especial éste, tan especial –valga la redundancia–, que es el de madre e hija.

A mí personalmente la lectura de Entre mujeres me aportó ‘insights’ valiosísimos sobre el ser una mujer hoy, y en cuanto a la relación madre–hija, me reveló aspectos de la otra campana del vínculo –la de madre– y me ayudó a articular la propia campana –la de hija. Y me pareció un enorme hallazgo que todo estuviera plasmado en el terreno de la ficción. Así es que, si yo tuviera un sombrero hoy aquí, me lo sacaría ya mismo por el libro y por Claudia Yelín.

Clara Levin

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