Emigrar al revéz. Volver ¿es posible?

Tal vez el volver sea  más utópico que el partir.  Uno no vuelve a los quince, ni al primer amor, aunque piense que el primer verdadero amor es el último.

Ya lo dijo Heráclito, “uno no se baña dos veces en el mismo rio”, sin embargo sí es posible reconocer las coordenadas, porque si bien el rió fluye renovándose en su devenir, sus márgenes tienen cierta permanencia.  Eso nos permite la ilusión, no sólo de seguir siendo nosotros mismos, sino de seguir encontrando nuestros referentes y con ellos nuestro sentimiento de continuidad y pertenencia.

Partir es llenarse de ausencia y rearmar un espacio de amparo que torne la vida vivible en otro lugar.  Volver, es regresar a la ausencia que uno mismo ha forjado, porque mientras uno no estuvo, la vida siguió siendo.

Frente a la emigración, ir y volver, no son caminos reversibles.  No es sólo que el punto de partida ya no es el mismo, sino que uno, tampoco es el mismo que fue al partir.

Las ausencias en ambos márgenes sacuden la tierra de nuestras raíces.  No es fácil crecer en tierras extrañas, pero un nuevo transplante, aunque sea al jardín de entonces, no garantiza el nuevo implante.

Cuestionarse el retorno, es tan legítimo y difícil como cuestionarse la partida.  Habrá desarraigos en cualquier dirección, habrá vivencias de derrumbe y de construcción, habrá desilusiones y esperanzas.  En cierto modo, volver es como irse, pero al revés.

Habrá que encontrarse nuevamente un lugar para vivir, un trabajo que lo sostenga, establecer nuevas relaciones con viejos personajes, entender los códigos, que no se sabe si cambiaron o que uno ya no los entiende, sondear la confusión y decir adiós.  En otras palabras volver a “naturalizarse”.  Uno comprende, no sin cierto dolor, que dejó de ser “un natural” y ese sentimiento se parece demasiado al desarraigo.

Hay múltiples historias superpuestas tras una partida, así como las hay tras un retorno.  Cada movimiento rompe el equilibrio, estable o inestable y es necesario reencontrar la armonía. Será necesario lidiar con el sentimiento de sentirse expulsado y la frustración de no haber podido. El camino será arduo en cualquier dirección, ya que habrá que asumir las perdidas y diagnosticar los puntos de ruptura que afectan profundamente nuestra identidad, para detener las hemorragias emotivas y volver a echar raíces, aquí, allá o en cualquier lugar. Eso quiere decir, poder reflexionar sobre las experiencias que hemos vivido sin habernos detenido a pensar, ponerle palabras al movimiento, así como al impasse y al silencio. Sólo así, la vida, como el rió, seguirá fluyendo, y podremos reconocernos entre márgenes enriquecidas.

 

 

 

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