Entre mujeres | Primer Capítulo

El domingo estaba par convertirse en atardecer. Eso pensó Eva, cuando detuvo el coche en el último semáforo antes de llegar a su casa. Había logrado cumplir con un propósito varias veces demorado, y tras juntar finalmente la voluntad suficiente, Se fue de compras. Varias primaveras habían transcurrido sin que renovara su guardarropa, de modo que esta la encontraba “desnuda”. Abrió la ventanilla y una brisa dulce se arremolinó en el interior del auto, algunos papeles sueltos se inquietaron y volvieron a ponerse en otro lugar. Eva respiró profundo, y una bocanada grande de polen y perfume le circuló por el cuerpo como cosquillas. Una chispa la encendió mientras, respondiendo automáticamente a la luz verde, apretaba el acelerador. En efecto, la primavera estaba en ebullición: estornudo, flores y renovada excitación. Los efectos de su percepción borraron los percheros y la luz amarillenta y mortecina del mall. El cielo comenzaba a sonrojarse y, anticipando Una cena temprana en la terraza, Eva hizo planes para disfrutar de lo que quedaba de soledad. La agenda de la semana que comenzaba guardaba pocos renglones libres. Como solía ocurrir cuando su marido estaba de viaje, Eva soñaba con tiempo tranquilo, pero llenaba sus días de compromisos que evitaba cuando Peter estaba en casa. Eva añoraba una soledad tan en compañía que no lograba encontrarle la forma. Sin embargo, esta tarde tendría la forma de soledad pura. Aunque, claro, ella no era la única que controlaba su agenda, y cuando giró a la izquierda para entrar ya en su calle, el océano azul de soledad en que pensaba zambullirse desapareció. El auto de Grace estaba estacionado en el frente de su casa, casi bloqueando la entrada al garaje.

Eva se sintió levemente culpable por preferir que su hija no estuviera en casa, pero se consoló pensando que al menos podría compartir con ella the “girly moment” de jugar con la ropa nueva.

Respiró hondo una vez más, y volvió a encontrar la sonrisa: la imagen de Grace siempre dibujaba en su cara una sonrisa. Juntó sus bolsas, atajó varias veces la cartera que no terminaba de resbalar, y haciendo malabarismos para llevar todo junto en un solo viaje, empujó la puerta con el pie. Su sonrisa se convirtió en ceño fruncido cuando tropezó en el camino con las sandalias de Grace, por lo que se Vio forzada a apoyar su carga. El silencio se le hizo pesado y, anticipando que su hija podría estar durmiendo, la buscó sin ruido. Para su sorpresa, la mesa del comedor diario no sólo estaba puesta para tomar el té, scones incluidos, sino que Grace había utilizado la vajilla fina, regalo de su abuela.

Eva comprendió el mensaje: la “ceremonia del té” en el vínculo con su hija significaba “we have to talk”. Ella misma había iniciado ese ritual, cuando Grace tenía tal vez cinco años, un día que había llegado llorando de la escuela y no quería contar lo que había pasado. Eva respetó su reserva por un rato, el tiempo suficiente para disponer las tacitas de juguete sobre la pequeña mesa del cuarto de Grace. Lo hizo con esmero, mientras su hija contemplaba como doblaba las servilletas y distribuía las galletitas en uno de los platos amarillos. Cuando todo estuvo listo, Eva invitó a Grace a tomar el té y dijo: “We have to talk”.

Y así fue a lo largo de los años, hasta que la adolescencia convirtió el ritual en superfluo, y las conversaciones ocurrían siempre en un clima agitado. Por eso ante la mesa servida, Eva contempló el tiempo que pasa y se sorprendió cuando al encontrar a Grace dormida en el sofá del living, comprobó como si fuera la primera vez, que lo ocupaba por completo. Al acercarse, no le pasó inadvertida la caja de pañuelos y el desparramo de papel arrugado a su alrededor; tampoco la pesadez que comenzó a sentir en el pecho.

Eva deslizó suavemente una caricia en el cabello de su hija sin pretender alterar su sueño, pero si calmar su propio desasosiego. En realidad, Grace ronroneaba en un sueño liviano esperando impaciente la llegada de su madre.

– Preparé la mesa para el té -dijo, haciendo pucheros, mientras se desperezaba lánguidamente.
– ¿Tenemos que hablar? -preguntó Eva temiendo la respuesta. Grace asintió con la cabeza, y el puchero apretado y mimoso Se desguazó en sollozos. Eva abrazó a su hija descubriendo, una vez más, que hacía veinte años que no tenía cinco. Esperó con tanta paciencia como pudo a que el llanto apaciguara, pero no le veía fin, de modo que preguntó casi sin perturbar el silencio, como formulando un secreto:

– Chiquita, ¿qué pasó?…
Grace hizo una pausa para enjugarse las lágrimas, miró a su madre con una expresión difícil de definir y antes de volver a su copioso llanto balbuceó:
– I broke up with Matt, I don´t want to see him ever again!
Eva sintió un profundo alivio que aflojó su cuerpo. Temió que su hija lo percibiera. Al menos, no estaba embarazada, ni había tenido un aborto o, peor aún… pero no quiso
pensar más. El alivio no duró demasiado, Matt nunca había sido de su agrado, y esto había motivado muchas discusiones entre madre e hija. Quería mantener una actitud clama y neutral. Después de todo, no había ninguna garantía de que la decisión fuera definitiva. Hacía ya un año que Grace vivía con Matt, y tal vez esta pelea no fuera la última.

El salón comenzaba a dibujar los claroscuros del atardecer. Grace lloraba y Eva no hablaba, cada cual sumida en sus propias reminiscencias.

Secciones: