Introduccion del libro: Emigrar. En busca de un espacio de amapro

 

 Reconstrucción de un espacio de amparo
“El lugar del desamparo es el lugar donde no hay lugar.” René Kaës

 

 

Preparar el equipaje antes de partir para siempre, un ejercicio necesario, es, sin embargo, más un ritual de viaje que un abastecimiento para lo que nos espera. Las reglas de las compañías aéreas no discriminan entre una salida turística y una emigración, de modo que nos enfrentamos con la imposible tarea de guardar toda la vida en dos maletas, un bolso de mano y una cartera.

Esa limitación, esa prueba de realidad, señala irrevocablemente que es imposible empaquetar el mundo que hemos vivenciado, el entorno que nos ha contenido y las relaciones que lo han hecho humano, para trasladarlos a otro lugar. Hacer las valijas implica establecer prioridades y comenzar a desprenderse de cosas que hasta ese momento considerábamos esenciales. Renunciamos, lloramos, adjudicamos pertenencias valoradas a nuestros seres queridos y, condicionados por la resistencia de los cierres, seleccionamos lo imprescindible. Nos aferramos a nuestras pertenencias envalijadas, como los niños pequeños a su osito favorito, ese que les permite dormir en paz.

Y en el fondo, más allá de la edad, al iniciar la marcha, no somos más que niños abrazados a unos pocos objetos.

El futuro es una página en blanco, sin márgenes ni referentes, razón por la cual el proceso se dificulta más aún cuando nuestros hijos nos acompañan en la travesía.

En mi práctica profesional he visto emigrantes que han puesto tanto empeño en la asimilación de lo desconocido a lo conocido, que jamás dieron cabida a lo nuevo y siguieron operando como si nada hubiera pasado. Hasta tal punto, que incluso se negaron a aprender el nuevo idioma. Pero también he visto otros que se han adaptado tan a ultranza, que renunciaron a amalgamar la experiencia de vida vivida y, en el esfuerzo, han perdido identidad, bordeando la anomia.

Ambos extremos se nutren de la negación de la pérdida, en un intento desesperado de anular el dolor por todo eso que no podemos llevar con nosotros. Aun en el caso de contar con un número ilimitado de containers, no es posible mudar lo que necesitamos para vivir una vida que nos refleje en simetría con nuestro ser más auténtico y privado. Ese espejo, esa red que nos sostenía, ha sufrido rajaduras irreparables y nuestro sentimiento de “seguir siendo quienes éramos” se pierde en el torrente hemorrágico de fibras rotas. Pero darse cuenta de lo que se perdió no es tarea fácil, porque los hilos que componen la trama son muy sutiles, lo que hace difícil discernir qué hay que recuperar, reemplazar o reparar, mientras el desasosiego nubla la inteligencia emocional y operativa. Por eso, para detener la hemorragia existencial, es imprescindible lograr un diagnóstico de las rupturas, así como elaborar una estrategia reparadora.

Este libro da cuenta de mi propio recorrido y del mapa de rupturas en mi propia trama. A pesar de haber experimentado mi partida de Argentina como un verdadero desgarro, fui descubriendo subsecuentes fisuras a medida que iba padeciendo y procesando su impacto. No pude prevenir, porque no sabía qué anticipar, de modo que aprendí a zurcir mi propia tela, pero también a bordar nuevos diseños. Y, no menos importante, a vivir con agujeros que era mejor cultivar vacíos que intentar emparchar con sin-sentidos.

La reflexión sobre mi experiencia me ha permitido ir descubriendo la esencia de aquellas fibras invisibles que sostienen nuestro espacio de amparo y contienen nuestra continuidad existencial. Esos detalles escapan totalmente a la percepción y sólo se hacen visibles en ausencia, pero es necesario aprender a verlos, para poder así rescatar el sentido de nuestra vida y proyectarlo al futuro. La imagen que los otros tienen de uno, desde la apariencia hasta los gestos, el sentimiento del tiempo y la distancia, los gustos, la modulación de los vínculos, la relación con las palabras en un nuevo idioma, el lenguaje no-verbal, constituyen algunos de los elementos que hacen a la organización y la estética del espacio de amparo. Reflexionar sobre estos elementos ha sido de importancia crucial para mí, no sólo para adaptarme a otro lugar, sino para recrear una estética de la vida que vale la pena de ser vivida.

Mis descubrimientos no me han ahorrado sufrimientos, pero me han brindado herramientas sólidas, para seguir observando y para ayudar en su recorrido a otros migrantes, nuevos y viejos. Mi esperanza es que mi trayectoria pueda acompañar a quienes se encuentren en algún punto del camino entre la partida y la llegada; que mis pensamientos sentidos sean una fuente de inspiración para que cada quien reflexione sobre su propia trama, porque para recrear un nuevo espacio de amparo es indispensable ser capaz de valorar y optimizar al máximo el equipaje básico: uno mismo.

 

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