María sin lugar

 

María no quiere ni irse, ni volver. La pregunta por el lugar no tiene lugar en su cabeza.  ¿Qué hay en su cabeza?  ¿Qué piensa?  ¿Qué siente?  Eso es lo que me toca averiguar.  Explorar los laberintos del alma no es una tarea simple. Agreguemos a la mezcla las diferencias culturales, y la labor terapéutica se torna utópica.  En definitiva, comprender no es más que una aproximación, un movimiento, necesario para acercarnos a otro ser humano.  Saberse entendido deja su marca.

¿Estaré dejando alguna marca en esta niña feroz? Sus pensamientos me eluden, pero también a ella se le escapan de la razón.   Crece día a día como levadura al calor, globosa, inflada, vacua.  El maquillaje se acentúa, y su carita pequeña de ojos grandes, tan oscuros como brillantes, se transforma progresivamente  en caricatura de mujer.  Con el transcurrir de los días, las faldas se acortan, los colores se exaltan y los escotes se profundizan para mostrar un pecho aún plano.

María no fue a la escuela. María se escapó por la ventana. María tiene novio y ahora tiene otro. Falsa alarma, María no está embarazada.  Es que María todavía no puede estar embarazada.   La policía trajo a María a casa.  Y todo vuelve a empezar…. María no fue a la escuela. María se escapó por la ventana…

María llegó una mañana helada de invierno.  Vino de tierras calurosas, de un mundo en donde la nieve no existe ni en los cuentos.  No tenía abrigo cuando su madre la recogió en la estación, y llevaba puesto un solo zapato.  La historia del zapato perdido me perturbó tanto y produjo tal desguace de imágenes en mi mente, que no me animé a preguntar por los detalles.  ¿Qué diferencia podría hacer?

María fue arrancada del hogar y lanzada a las peripecias de una aventura que nunca soñó, ni siquiera cuando su madre partió hacia los Estados Unidos prometiendo mandar por ella.  “No… yo no me quería venir… tenía mucho miedo… Yo soliiita”, dice, alargando la i. Y ese sonido largo transmite equivocadamente la idea de un pasado taaaan lejano.  Pero apenas han transcurrido algunos meses, y María actúa desenfrenada en un intento inservible de apagar el miedo.   No, no quiero preguntarle  por los detalles, no quiero llevarla a recorrer una vez más ese camino desde El Salvador a Washington D.C. Me limito a escuchar lo que me quiere contar.  Selva, y desierto, ríos y pantanos, terror a las víboras y a los seres humanos.  “En un lodazal perdí un zapato, estaba oscuro y no podía detenerme para buscarlo.” Lo contó como si se le hubiera caído una moneda, ni rastro de emoción en ella; pero mi espíritu se hundió con el zapato.  Sabía que las lágrimas se me agolpaban en la garganta, pero no iba a soltarlas, porque como María tenía siempre los ojos secos, mis sentimientos no debían arrasar los de ella.   Ya vendrá un tiempo para llorar, pensé, pero no todavía.

A veces nos reíamos, ella y yo,  porque en medio de su tormenta, aún brillaba su infancia.

María añoraba a su abuela, que “no era tan buena”, pero en definitiva la había criado.  También extrañaba el pasto húmedo, el olor del campo al amanecer, el cloquear de las gallinas y el pan recién hecho en el horno de barro.  No, no ansiaba encontrarse con su madre, ¿acaso no la había ella abandonado? ¿No había elegido primero dejarla y luego mandar por su hermana?  “¿Y todo para qué?  Ya pasaron más de seis años y ahora mi mamá vive con otro hombre y tiene un bebé que no para de llorar.”   María retuerce su pelo castaño salpicado de mechas  rojas, una cabellera artificial que esconde la pureza del negro lacio natural. Tal vez su alma también se retuerza, pero su cara no delata emoción alguna.  “A lo mejor tendrías alguna ilusión de volver a encontrar a tu familia”, arrimo tentativamente.  María sacude los hombros, como si  la atravesara un escalofrío, y luego se desparrama parsimoniosamente en el sillón, toma un almohadón, lo abraza, fija la mirada en el vacío y calla. El silencio se hace pesado, y no puedo leer sus signos.

“¡Qué va!”, dice finalmente, “mi mamá es muy violenta, siempre lo fue, nunca me pegó pero lo peor son  sus insultos… no puedo aguantar sus insultos…  Por eso decidí irme con mi papá: él es más bueno.”

Pero María ya no vive con su abuela, ni con su madre, ni tampoco con su padre.  María puede estar aquí o allá, ventana adentro o ventana afuera.  ¿Miedo?  Las calles de D.C y los peligros de la vida al borde no se comparan con los de la  selva ni con el terror en las noches descampadas en  geografías extrañas.   María duerme la noche acompañada y enfrenta temerariamente la soledad y la desprotección.  En este ejercicio, María  aprende el juego de la manipulación como si de él dependiera su sobrevivencia.

Un día, siguiendo el ejemplo y consejo de su amiga Ángela, llamó a la policía para acusar a su padre de abuso sexual.  Nunca tuve claro hacia dónde apuntaba el consejo, y mi confianza en la veracidad de la acusación se hamacó entre la creencia y el escepticismo.  María podía presentarse víctima inocente o victimaria sagaz según la hora y la circunstancia.  Sus relatos cambiaban con el viento, aflojaba cuando sentía que su padre corría peligro, y se tensaba cuando los acontecimientos no la favorecían.  Pero esta denuncia transformó radicalmente el escenario por el que transcurría su vida.  Todo a su alrededor cambió.  Mientras ella gira como un trompo  aparecen en la escena personajes que hubieran sido impensables un par de semanas atrás y accede casi sin solución de continuidad a una vida de lujo con buena comida, ropa de moda y esmaltes de uñas para completar el look.   Un llamado telefónico tentativo y dudoso a la Oficina de Protección de Menores actuó como un encantamiento y puso en marcha la cadena de “procedimientos”. Y, cuando el reloj dio las doce campanadas, María-Cenicienta, la que perdió el zapato, no volvió a la casa de su madre ni a la de su padre.   Pero este contrato que transformó la calabaza en carroza, trasplantado a la realidad del siglo XXI, venía con letras pequeñas que especificaban las condiciones: reglas, leyes y prescripciones. Todo fue tan rápido, que el tiempo no alcanzó para que María pudiera pensar y entender; igualmente, ya no había camino de vuelta y habría que seguir hasta el final.   Aparecieron la corte, el juez de menores, el guardián legal, los padres sustitutos y yo.

Así fue como conocí a  María, casi adolescente  y casi inocente, con un pasado breve  pero extenso en agonías  y un presente que avanza en remolinos.   María está en el ojo de la tormenta, remando para salvar su vida como si aún la acecharan los cocodrilos de “ese rio que no sé cómo se llama”.  Ella soliiiita con la “i” larga,  sin su abuela lejana en quien ya no puede confiar porque la abandonó al dejarla partir, ni su madre impredecible y colérica, ni su padre abusador o abusado.

Como no logro arrimarla a tierra firme, intento, como puedo, subirme a su barca sacudida.  Por suerte a mí no me toca averiguar qué es verdad y qué es mentira, asumo que hay buena mezcla de las dos y que cualquier alternativa puede jugarle una mala pasada.  Yo estoy para ayudarla en sus caídas, para tolerar su dolor y su desesperanza, para tratar, mientras sea posible, de que cada derrumbe no sea fatal.   María pronto descubrió el poder que tenían sus acciones, y quería más, no más ropa, ni esmaltes para las uñas, sino libertad para hacer lo que quisiera. “Y qué es lo que quieres”, pregunto con auténtica curiosidad.

“Tener 16.” María cuenta los días que faltan para su cumpleaños; en dos semanas cumplirá 13, y sólo le quedarán tres por esperar.  Me sonrío, y me monto a su excitación, me olvido por lo que dura un suspiro de  que la vida de María corre riesgo a cada instante. “¿Y por qué? ¿Qué pasa a los 16?”  “Me enteré de que a los 16 puedo abandonar la escuela, como mi hermana.  Ella vive sola con su bebé y trabaja.”  “¿Y cuántos años tiene tu hermana?” “ 17”, contesta sin perder el entusiasmo.

Pero María no tuvo paciencia para esperar… Lo último que supe de ella es que se había escapado por la ventana y no la podían encontrar.

Yo siempre la encuentro muy agarrada en mi memoria.  No sé si soy yo la que sujeta o ella la que aprieta, por eso sé que si vuelve, en mí encontrará un lugar. A veces me olvido de que para María, no cuenta el lugar.

 

María volvió a aparecer en mi vida tan impredeciblemente, tan fuera de los tiempos y espacios por donde circula la esperanza,   tan sin lugar…

No golpeó a mi puerta, ni escribió y ese llamado que secretamente esperaba, todavía no acontece.

Sucedió una mañana, una de desayuno no apurado, de café largo y periódico desenfadadamente desparramado sobre la mesa.  Como siempre, buscando una posición que me permitiera cómodamente tomar mi café y acceder con la mirada a los ángulos más extremos de un diario como el Washington Post que excede mis proporciones.  Pero esta mañana la noticia excedió también las barreras de distancia que cotidianamente despliego entre mi alma y los titulares, una especie de chaleco antibalas que me protege de los disparos más despiadados de la  tinta impresa.

 

Vaya uno a saber por qué razón, ese día, precisamente, elegí leer esa sección del diario que habitualmente ignoro.  Tal vez hubiera estado pesquisando la continuación de un artículo que comenzara en alguna otra parte.  Esta explicación  es la más probable, sin embargo en la vida, y tal vez entrenada en mi profesión, es imprescindible dar lugar a lo improbable, en cualquier dirección que la intuición o el destino elijan llevarnos.  Por eso, cuando doblé la  página, desanduve el recorrido y quedé con la mirada atascada en la foto: esa pareja de gente mayor tan familiar…. ¿De dónde?  En lo que dura un suspiro un peso horrible se estancó en mi pecho, y pronto las lágrimas borronearon la imagen en blanco y negro de Linda y David sonriendo con textura de papel de diario;  Linda y David, los padres sustitutos de María.  Me sumergí rápidamente en el artículo tratando con dificultad de despejar la mirada de las lágrimas que nublaban la claridad.  Como no lo lograba, y como indudablemente estaban muertos, (¿por qué otra razón podrían estar en la sección necrológica?) me apuré a buscar lo esencial.  Mi corazón acelerado dificultaba la tarea, y cuando atisbé  “asesinados”,  el espanto me quitó el aire.  Me sentí desesperada, y entonces, como si intentara heroicamente rescatar a María, la busqué sondeando las líneas de letras mezcladas mientras un eco resonaba dentro de mí:  “¡No no no no!” .  Respiré hondo cuando no la encontré y una pálida chispa  de esperanza organizó mi pensamiento.  Del Washington Post de hojas grandes, salté a la pequeña pantalla de mi laptop  y navegué de las necrológicas a la noticia policial.  Allí sí encontré su nombre, por suerte de modo sólo tangencial, por suerte sólo como una pieza periférica de un rompecabezas.  ¡Menudo consuelo!  Ella no los mató, ni fue cómplice.  Entonces forcé  una pausa planeada para aquietar mi agitación.  Me serví  un café nuevo y descarté  aquél que había quedado congelado con la noticia.  Lo tomé  casi sin apuro mirando por la ventana, pero solamente seguí  viendo la foto de Linda y David.

 

Ya han transcurrido varias semanas desde la tragedia, pero no consigo apartar a Linda y David de mis pensamientos: Linda en mi consultorio con su diccionario Inglés –Español, sonriéndole a María como si fuera el más maravilloso de los cachorros; David tratando de razonar con el juez para que no le quitaran la custodia una y otra vez después de cada escapada por la ventana.  Pienso horrorizada que Linda y David no saben que Ángela los mató, no saben que esa niña que albergaron sólo por ser amiga de María instigó  a sus compinches  pandilleros  a asaltar su hogar para robarles.  Tal vez, cuando  Ángela sugirió usar el nombre de María para que les abrieran la puerta, no anticipara que a sus amigos se les iría la mano, que la violencia los desbordaría, que serían capaces de asesinar a golpes.  Tal vez…  Pero qué más da, no se puede volver atrás, cambiar la escena, evitar lo que inexorablemente fue.

 

¿Y María?  ¿Sabrá ella que la amiga que la introdujera en el mundo de la conspiración y la vida bajo la tutela legal de la corte fue cómplice en el asesinato de los seres que más y mejor la han amado?

¿Dónde estará María?  Nadie puede estar en ningún lugar.

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