Miedo en tres tiempos

Dictadura Emigración Pandemia

Una vez más se me ha soltado el miedo y descubro, mejor dicho, redescubro que no todos los miedos son iguales.  Me sorprende darme cuenta como uno resignifica al otro, lo amasa, lo cambia de casillero, lo sube lo baja… ¿Tenía más miedo antes?  La dictadura ciertamente era una cadena al cuello que en cualquier momento podía quitarme para siempre la respiración (una forma elegante de decir, matarme). ¿La emigración? Eso no me mataría, pero la amenaza existía, yo la vivía como real aunque fuera que el peligro residía en mi fantasía así como en mi desconocimiento de la nueva realidad. Para muchos, muchos muchos, hoy en día no es una fantasía.  El coronavirus si puede matarme, aquí casi no hay bandos, porque el virus no discrimina, aunque ciertamente algunos grupos humanos están claramente más dramáticamente afectados.

En estos días los recuerdos me visitan con fervorosa intensidad. Esos momentos terribles de miedo, como cuando allí por esos días infernales de la dictadura, un personaje extraño en remera y corbata, con los ojos desorbitados por la droga, me apunto en la sien con un revolver mientras demandaba a mi compañero presentar documentos de identidad.  O aquella vez cuando en ocasión de celebrar con un viaje la graduación de mi marido, un grupo militar irrumpió pateando la puerta de nuestro cuarto en el hotel, apuntándonos con ametralladoras.  Tampoco fue nimio el miedo cuando Hugo, mi cuñado desapareció para siempre. Fin del primer tiempo. 

El segundo capítulo del miedo comienza con la decisión de abandonar el país.  Nuestra partida no fue vocacional, respondió a un estridente “sálvese quien pueda”.  Pero ¿cómo sería esa salvación?  No lo sabía. Es más, durante mucho tiempo, tal vez años, no supe si me había salvado o simplemente cambiado un peligro por otro. Un miedo insidioso que se agregó al esperado frente a lo desconocido, fue descubrir que había bloqueado durante los años de vida bajo una dictatoria militar las señales de alarma.  Ni el revolver en la sien, ni el allanamiento de mi cuarto de hotel, ni la desaparición de mi cuñado habían sido suficientes para hacerme entender que tenía que salvar mi vida y la de mi familia. El miedo es útil, el “miedo no es zonzo” hay que escucharlo, tomarlo de la mano, dejar que nos acompañe, pero no dejar que nos controle. El miedo nos permite tomar contacto con nuestra vulnerabilidad, para así poder forjarla en una herramienta para ejercer la valentía. Ese contacto duele, como cuando tocamos una herida para desinfectarla, pero sabemos que es condición necesaria para la cura.  El miedo puedo aplastarle a uno la vida, pero negarlo puede acercarlo a uno a la muerte.

Al tiempo, bastante después de aterrizar en mi nueva geografía, comencé a sentirme fuerte y me di cuenta de que en realidad era valiente.  Confié en mis fuerzas como nunca antes en mi vida. Me lance a la vida trascendiendo la supervivencia intentando rescatar la vivencia y el descubrimiento de nuevas fortalezas.  Mi sentimiento de pequeñez en la magnitud del nuevo territorio que debía conquistar, se fue diluyendo en el aprendizaje de un arte marcial.  Seguí creciendo al recuperar mi licencia para ejercer como psicoterapeuta tras varias años de estudio.  Escribí muchas cartas que fueron convirtiéndome sin darme cuenta en escritora. Nunca antes me había imaginado escribiendo y ya llevo en mi biblioteca cuatro libros de los que soy autora. Pasaron los años, y la vida se me fue acomodando.  Fui conquistando terreno.  Valió la pena, o, mejor dicho, hicimos que la pena valga.

Tercer tiempo del miedo: Corona y la pregunta: ¿Sobreviviré?  ¿Estará a salvo mi familia?

¿Este miedo que siento y que permea mi sueño ¿es igual a los otros?  Aislamiento, encierro, distancia, soledad, incertidumbre.  Emigración de una vida conocida y amada e inmigración a lo desconocido;  parámetros perdidos o recalibrados.  ¿Mi experiencia en esta trayectoria de aquí para allá, servirá para guiarme en este nuevo Tiempo del Miedo? En eso estoy. Explorando.

Además del impacto devastador de la pandemia, el conocimiento profundo de las consecuencias terribles de vivir bajo una dictadura, agrega un tono dramático a la lenta, o no tan lenta, degeneración de la democracia en mi patria adoptiva.  Afortunadamente, no me siento sola en este temor que comparto con muchos, pero tal vez, pocos de esos muchos tuvieron alguna vez un revolver apuntándole en la sien o un familiar desaparecido con el solo propósito de difundir el miedo y el sometimiento de la población.  Yo conozco desde mi juventud la insidiosa perversidad de las “fake-news”, solo que lo sabía en otro idioma, pero en este caso, nada se pierde en la traducción.

Una vez más, al miedo lógico y esperado se le agrega otro que lo potencia, en este caso, el miedo a lo conocido, ese que me prometí nunca olvidar.

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